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Ego e ignorancia

De nuevo, el ego se interpone en la percepción. Esta vez lo hace en la metapercepción: la percepción de lo que creo percibir. Cuando uno se percibe a sí mismo, tiende a evaluarse en distintas formas. En lo que respecta a la autoevaluación del conocimiento, está más que demostrado que nos sobrevaloramos, incluso le hemos puesto un nombre: Efecto Dunning-Kruger. Este efecto o sesgo, explica que las personas con baja habilidad en determinada tarea tienden a sobrestimar su capacidad, en este caso, la sabiduría. En palabras llanas, nos percibimos como más listos e inteligentes de lo que realmente somos. Creemos saber más de lo que realmente sabemos. ¿Tendrá nuestro ego algo que ver en esto? Al final todo es cuestión de terminología, llámese ego, orgullo o percepción alterada… La realidad es que solo algunos sabios se atrevieron a asumir que no sabían nada. Fue Sócrates quien nos avisó primero de que lo único que sabía era que no sabía nada («Solo sé que no se nada»); Newton explicó que «si lo que sabemos es una gota, entonces lo que ignoramos es un océano»; Descartes aseguró que «cambiaría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro»; e incluso el pedagogo Alcott, declaró que «la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia».

Qué bien entendemos todos esta idea, pero cuanto nos cuesta aplicarla en el día a día. La realidad es, que en ocasiones a todos nosotros nos suena una voz en la cabeza que nos grita algunas frases contrarias a este concepto, algunos ejemplos son: «demuestra que tienes razón»; «explícales que se equivocan»; «cuenta todo lo que sabes»; «defiende tu posición»; «levanta la voz para que te oigan mejor»; etc. Y este, es nuestro colega, el ego. Es tu yo-narcisita-egoísta hablándote. Así que ya va siendo hora de demostrarle al ego que no tiene razón en querer tener razón… 

¿Cómo?, pues que a pesar de que seas un ignorante, sí que sabes una cosa. Sabes que no sabes nada, y que en mayor o menor grado siempre será así. Por eso, aquí la batalla es entre el ego y la humildad. Ya lo dijo el político Sarmiento, qué atrevida la ignorancia, se interpone entre la realidad y nuestra percepción y comienza a nublar todo, tratando de hacernos pensar que allí acaba todo lo que podemos conocer. 

Pero, practicar la humildad es probablemente la salida, esta virtud despeja un poco las nubes y nos permite por lo menos ver qué hay mucho más allá. La humildad puede cultivarse empezando a aceptar nuestra ignorancia; escuchando más de lo que hablamos; tratando de comprender más que de explicar; y aprender antes de enseñar. Ya se encargará la sabiduría de explicarnos qué son el sol, la luna o los planetas, pero de momento, preocúpense de despejar las nubes del cielo. Quien no acepta su ignorancia está condenado a la tormenta. 

Y por regla de tres, si la humildad batalla contra el ego y la sabiduría contra la ignorancia, quizás sea la humildad ese valor que le falta al estudioso para convertirse en sabio. 

En efecto, la aceptación de la ignorancia lo que nos hace más sabios.

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