Felicidad difiere de placer en dos factores: (1) si puede compartirse; y (2) si es adictiva.
La felicidad es distinta para cada uno, quizás lo más acertado sea percibirla como una mezcla de eudaimonía, plenitud y armonía. Ese estado que no requiere más, tampoco menos. Recuerda a conformidad.
El placer, por otro lado, es más común entre nosotros, no cuesta tanto definirlo. Se relaciona con deseo, impulso, compulsión, ansia. Requiere de repetición para saciarse, contrario a la conformidad.
Cuánto mayor es el placer, menor es el grado de conciencia del momento. Es por ello que no es posible disfrutarlo, tan pronto como aparece, se esfuma, y solo nos queda el recuerdo que nos motiva a repetirlo. Volvemos a emitir esa conducta, cada vez con mayor intensidad, hasta el punto que nos vemos sumergidos en una dependencia.
Sin embargo, solo un ignorante sería capaz de evitar los placeres, negar que vivimos para ellos sería un error. Si bien pueden ser peligrosos, debemos aceptar que están allí, que no pasa nada si hacemos uso de ellos de vez en cuando. El problema aparece cuando comienzan a anteponerse a nuestras prioridades.
Por eso mismo, qué gran virtud la mesura. Cada día creo estar más seguro de que es la única práctica del aspirante a pleno.

Comentarios
Publicar un comentario