Nos recomienda el budismo, conformarnos con lo que se nos presenta y actuar con ello. Nos recomienda ACT aceptar el sufrimiento y comprometernos con los valores. Nos recomienda Lao Tse pasividad ante la vida sin desligarnos de lo verdadero. Nos recomienda Bukowski dejar de intentarlo y (per)seguir nuestro instinto. Nos recomienda Epicteto controlar aquellos factores que están bajo nuestra voluntad y dejar ir aquellos que no están bajo nuestro control. Incluso Nietzsche, nos recomienda reconocer ese nihilismo, pero sin dejar de expresar nuestra voluntad de poder…
Los entendidos en filosofía sabrán reconocer los enfrentamientos entre muchos de estos anteriores, pero debemos reconocer que todos ellos comparten algo: la síntesis entre la tesis de comprometerse con el dolor y la antítesis de evitar el mismo.
Parece como si hubiera un cierto consenso entre los sabios sobre qué hacer ante el sufrimiento que acarrea la vida. La mayoría parece estar de acuerdo en algo: cierto dolor es inevitable, pero a este siempre se le suma el precio de ser individuos verbales. El sufrimiento, sería aquella experiencia indeseable añadida al dolor natural, algo así como un exceso innecesario.
Una mezcla entre la pasividad y actividad, que resulta en proactividad. Una sinergia entre lo impulsivo y lo deductivo, que resulta en armonía. Por allí parece ir la respuesta al dolor, sin llegar evitarlo, pero con el gran «pero», de hacer con el algo que nos sostenga (que me sea útil).

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