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Relación entre el concepto de raza y el de psicopatología

Durante mucho tiempo, la ciencia ha intentado explicar la diversidad humana siguiendo dos caminos principales. El primero fue la clasificación racial, hoy ampliamente desacreditada. El segundo, que es el enfoque actual, trata de entender por qué somos diferentes sin recurrir a categorías rígidas. Es importante aclararlo desde el principio: decir que el concepto de raza no es válido no significa negar que exista diversidad biológica humana. Las diferencias existen y cualquiera puede observarlas. Lo que se ha abandonado es la idea de que esas diferencias puedan agruparse de forma clara y natural en “razas”. En lugar de encasillar a la humanidad, la biología moderna intenta explicar de dónde viene esa variabilidad y cómo se distribuye.

Este mismo razonamiento se puede aplicar al ámbito de la salud mental. Cuestionar el concepto de enfermedad mental no equivale a negar que exista diversidad en el comportamiento humano. Las personas sentimos, pensamos y actuamos de maneras muy distintas. El problema aparece cuando esa diversidad se traduce automáticamente en listas de trastornos, como si cada forma de vivir o reaccionar tuviera que corresponder a una enfermedad claramente definida.

Un ejemplo interesante viene de la propia historia del concepto de raza. En sus inicios, se asumía que solo existían tres razas: negra, blanca y amarilla. Con el tiempo, estas categorías se fueron multiplicando: seis, ocho, diez, hasta llegar a decenas. No era que se estuvieran “descubriendo” nuevas razas, sino que el modelo original no encajaba bien con la realidad, que es continua y mucho más compleja. Algo muy parecido ocurre con los manuales diagnósticos como el DSM o la CIE, que con cada nueva edición incluyen más y más trastornos. Esto invita a preguntarse si estamos identificando nuevas enfermedades reales o si simplemente estamos fragmentando cada vez más la experiencia humana.

Cuando el concepto de raza ya estaba científicamente superado, apareció una última defensa: aunque no fuera real desde el punto de vista biológico, se decía que podía ser útil políticamente. Según este argumento, hablar de razas permitiría priorizar el bienestar de quienes supuestamente habían contribuido más al desarrollo económico de un país. No hace falta decir que este razonamiento era profundamente injusto y duró poco. Hoy en día, al menos en la ciencia, existe un consenso bastante claro: el concepto de raza no explica nada relevante y genera más problemas de los que resuelve, aunque todavía siga muy presente en el lenguaje cotidiano.

Algo parecido sucede con el concepto de enfermedad mental. No se niega que, en ciertos momentos históricos, tuviera sentido utilizar estas categorías. Cuando se sabe poco, clasificar puede ayudar a orientarse. También es cierto que muchas cosas que usamos a diario —como el dinero, las naciones o incluso la inteligencia— no existen como objetos naturales, pero resultan prácticas. Sin embargo, no todas las categorías son inocuas. En el caso de la enfermedad mental, hay cada vez más evidencia de que algunas etiquetas diagnósticas no solo no ayudan, sino que pueden causar daño: fomentan el estigma, hacen que las personas se definan a sí mismas a partir de un diagnóstico y condicionan la forma en que la sociedad las trata.

En el fondo, la pregunta es la misma que con la raza: no si existen diferencias, porque existen, sino si la manera en que las nombramos y las organizamos es la mejor posible. A veces, cambiar el marco conceptual no borra la diversidad, pero sí evita que la convirtamos en un problema.


Bibliografía: 
  -   Kottak, C. P. (2002). Antropología Cultural. McGraw Hill.

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